Libertad y Democracia, nuestros retos en común; por Elías Tovar

Existe un caldo de cultivo favorable para la anarquía y la misma es motorizada por quienes aspiran aprovecharse de ella

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En Ecuador y en otros países de América Latina ha surgido recientemente una oleada de protestas sociales, con la fuerza suficiente para tensar las relaciones entre la sociedad y sus respectivos gobiernos. Este es un problema complejo, porque tales movimientos son una mezcla entre el descontento de ciertos sectores que se enfrentan a una gran brecha entre sus aspiraciones y sus oportunidades, el odio reprimido de otros sectores, y la influencia de la izquierda autoritaria continental (que muchas veces se reviste de “progresista” para aparentar ser cool) articulada en el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla.

En suma, existe un caldo de cultivo favorable para la anarquía y la misma es motorizada por quienes aspiran aprovecharse de ella y sepultar la Libertad y la Democracia. Para aplacar tales anomalías se ha de diseñar una estrategia que comprenda aquellas tres aristas.

Así, es crucial que los demócratas del continente, trascendiendo las distinciones ideológicas, confluyamos en un gran movimiento en favor del sistema republicano, liberal y democrático, donde se compartan conocimientos y prácticas políticas que contribuyan a consolidar las instituciones y combatir los males irresolutos de nuestras sociedades (como la corrupción), además de tener por objetivo aislar a los movimientos autoritarios y enfrentar y derrotar a los que se encuentran en el poder.

De la misma manera, se ha de destacar el ejercicio cabal de la ciudadanía como elemento vital para el modelo democrático. Una ciudadanía integral es aquella que comprende que tiene Derechos que los gobiernos han de respetar y garantizar, y que tales Derechos vienen aparejados con Deberes y Responsabilidades para con el resto de la sociedad. El modelo de ciudadano que ha de servir de sostén al régimen democrático es aquél visto una vez que ha pasado el desorden: hombres y mujeres que de manera voluntaria se han dedicado a limpiar sus ciudades, a pintar las paredes marcadas por la barbarie, ciudadanos que respetan la integridad de los bienes públicos y privados.

Por último, a pesar de la influencia de la izquierda autoritaria, ninguno de esos disturbios se hubiese presentado, o al menos no en el grado que alcanzaron, si la satisfacción con el modelo democrático fuera alta. Esa insatisfacción se asienta en el odio y el resentimiento que una parte de la población guarda hacia el resto de la sociedad, hacia los políticos y hacia el propio régimen democrático. Esos insatisfechos, de los que Arendt advirtió son ingrediente vital para el totalitarismo, no se sienten integradas en el sistema social, ni representadas en el sistema político.

Para enfrentar este problema se deberá revisar cuales son las demandas que durante mucho tiempo las sociedades han levantado (y que se han ido guardando bajo la alfombra), y, en la medida de lo posible, atenderlas siempre que ello no implique una claudicación de los valores republicanos, liberales y democráticos… Eso, antes de que tal sector crezca y entregue su devoción a un caudillo, y con ello la Democracia y la Libertad pasen a reposar.

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